En tiempos de vértigo tecnológico, cuando la inteligencia artificial dejó de ser una promesa futurista para convertirse en una herramienta cotidiana, el debate en materia de educación parece no poder postergarse más. En nuestra provincia ya son varias las voces autorizadas que pusieron el tema en el centro de la escena con una coincidencia de fondo: el problema no es la tecnología, sino qué hacemos con ella.

La semana pasada, en una charla organizada por la Universidad de San Andrés junto a la Fundación del Tucumán, la especialista en innovación educativa Melina Masnatta dejó una frase que resonó más allá del auditorio del hotel Hilton: “Aprender es la forma más humana de seguir siendo relevantes”. En un contexto atravesado por algoritmos capaces de escribir, resumir y resolver problemas en segundos, Masnatta no propuso una carrera contra las máquinas, sino una apuesta por profundizar aquello que nos distingue: la capacidad de aprender, de formular buenas preguntas, de sostener la atención y de construir sentido.

Su planteo no fue contra la tecnología, pero tampoco ingenuamente a favor de esta. Señaló que la inteligencia artificial puede amplificar capacidades, pero no reemplazar el juicio, la ética ni el pensamiento crítico. En otras palabras, el desafío no es dominar una herramienta puntual -que probablemente quede obsoleta en pocos años- sino desarrollar la “learnability”, esa disposición a aprender a lo largo de toda la vida. Educar, sugirió, es también enseñar a “promptear”: a preguntar mejor, a interactuar con criterio, a no delegar en la máquina lo que corresponde a la reflexión humana. No es una mirada aislada. En agosto del año pasado, en una entrevista con este diario, la especialista en educación de Unicef, Cora Steinberg, abordó un tema que suele encender la polémicas: el uso de celulares y herramientas de IA en el aula. Su postura fue clara: prohibir no es el camino.

Steinberg advirtió que los dispositivos ya forman parte de la vida de niños y adolescentes. Pretender erradicarlos del aula puede dar una sensación de orden, pero no resuelve el fondo del asunto. Por el contrario, sostuvo que la escuela debe asumir el desafío de enseñar a usarlos con sentido pedagógico, con pensamiento crítico y con autorregulación. Regular, acompañar y formar -más que prohibir- aparece como la estrategia más realista.

Ambas intervenciones, separadas por varios meses, dialogan entre sí. Masnatta pone el acento en la potencia humana frente a la automatización; Steinberg, en la responsabilidad institucional de integrar la tecnología en lugar de negarla. Las dos coinciden en algo esencial: la educación no puede desentenderse del mundo en que vive.

El debate, entonces, excede la discusión instrumental. No se trata solo de si los alumnos pueden usar el celular en clase o si deben citar cuando recurren a un sistema de IA. La pregunta de fondo es qué tipo de ciudadanía queremos formar en un entorno digital que está en todas partes. Si la respuesta es una ciudadanía crítica, creativa y ética, la tarea no pasa por levantar muros, sino por construir criterios.